Tristeza
Hoy es uno de esos días en los que parece que uno entra a la vida por la puerta de atrás. O lo parecería si no fuera porque he entrado por la puerta principal.
Nunca he huido de la tristeza. Jamás. Antes, cuando era una protección para mí, incluso la llamaba. No era que la amase, pero todo eran ventajas si estabas triste. Siempre me ha gustado estar conmigo mismo y es en los momentos de tristeza cuando tendemos a profundizar más en lo que somos, en los que estamos más sensibles, en los que prestamos más atención a las subterráneas corrientes que nos atraviesan. Y siempre solía tener claro qué razón o razones habían provocado mi tristeza. De hecho me sobraban razones para estar triste. Era especialista en encontrarlas.
No es que fuese retrasado. Simplemente era más tonto que ahora. Y más pequeño.
Y ahora que mi mundo tiene colores, olores y sonidos; ahora que tengo claridad de visión en muchas cosas que antes eran oscuras, que he aprendido a aceptar cada vez más los mecanismos que mueven lo que conforma mi mundo; ahora que me siento más cómodo con lo que soy y tengo cada vez más claro qué quiero ser... ahora llega una tristeza completamente distinta a la que antes haya sentido.
La he descubierto este año. Es una tristeza sin razones, una tristeza profunda, pura y simple. No quita vigor a mis miembros ni a mi mente ni quita sentido al mundo. No hace que me quiera suicidar ni me hace plantearme que esta vida sea una mierda. No es algo destructivo ni conmigo ni con nadie. Es algo más profundo y en cierta manera más intenso. No sólo no me quita visión ni sensibilidad sino que me hace percibir más claramente qué pasa en mí y alrededor de mí. Es una puerta hacia algo, pero no sé hacia qué.
Claro que, como tantas otras cosas, estoy aprendiendo a aceptarla y a ver que también pasará. ¿Quién sabe? A lo mejor es para bien.
Esta mañana me he levantado con lágrimas en los ojos y no he podido averiguar la razón.
lunes, noviembre 15, 2004
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